Un dia cualquiera

Estoy esperando, paciente, sin expectativas ni miedos: cuando llega el primero y abre la verja, la noche se aleja de mí. Los pájaros que sobre la tierra picoteaban bichitos salen volando hacia los árboles, que revisten mis costados, y yo me estiro y me desentumezco, me preparo para la llegada del movimiento y la algarabía.

Escucho una tiza que rasca la pizarra de mi puerta: ya sé quienes llegan tarde, quién no vendrá hoy, y muchas de las propuestas para este día. Ahí queda, escrito en este sencillo mural de bienvenida que se trasforma cada mañana.

Poco a poco empiezan a llegar los niños, todavía con las risas guardadas en los bolsillos. Los más pequeños tardan un rato en soltarse de la mano de su madre. Los más grandes, bostezan. Todo aquello que traen de casa, muñecos o libros, se queda guardado en su cajón personal: una vez pasada la puerta de entrada, dentro de los límites de mi piel todo es todos.

Se agrupan y componen cuatro círculos separados de cuyo centro brotan buenos días, canciones, mimos y planes, principios de asambleas en las que cada voz tiene peso. Luego se levantan y cada cual decide a qué parte de mi anatomía desea ir: me hacen cosquillas mientras recorren mis huesos como hormigas. Empieza el día.

De aquí en adelante, las historias y los juegos se trenzan y se entrelazan por los distintos rincones de mi piel. Algunos se ponen los zapatos y salen al exterior a explorar el bosque, a subirse a un árbol, a preparar una suculenta sopa de guijarros en la cocinita, a participar en un taller o a darse un paseo a veces en soledad otras en compañía. Otros se quedan en el interior para descubrir un material que nunca antes habían utilizado, profundizar en algo que les dejó instalada la curiosidad, jugar a tiendas, construir un castillo o echar una partida de parchís.

V y S se cogen de la mano y se sumergen en los cojines de la zona de cuentos chapoteando en las historias que colman esta piscina de palabras. En el exterior un trío de tres años se convierten en piratas y se encaraman al barco que se bate sobre olas imaginarias en el bosque que recubre uno de mis flancos.

E, que acaba de iniciar su sesión de entrenamiento diario, corre a mi alrededor.

A I le cuesta acercarse a la zona de cálculo, y con su mirada insistente clama el acompañamiento de A para que juegue con ella a imaginarse que la invita a comer, y que para ello se va a hacer la compra al supermercado y calcula cuántos euros necesita para prepararle una lasaña de carne y un pastel de chocolate.

De pronto un llanto resuena entre mis cejas. Un acompañante se dirige hacia el lloro para acoger en su regazo a A, que se ha caído. Otros niños acuden a ver qué le ha ocurrido a A. Juntos examinan las palmas de las manos para encontrar los rasguños y ponen en común historias de heridas y cicatrices. Cuando los rasponazos dejan de doler, cada cual regresa a su actividad.

Un grupo de chavales se adentran en el bosque junto a S, un acompañante. Cuando llegan al rocódromo se colocan los arneses. Saben que para poder hacer esa excursión que han elegido ¡tan deseada! a la cueva del Garraf, tienen que aprender a ascender y rapelar por la cuerda, a calcular distancias, y conocer cómo vivían sus habitantes prehistóricos.

S, T y J bajan de su cabaña, que han construido en uno de los más hermosos de entre todos mis algarrobos. Se dirigen a la carpintería para continuar con la maqueta del gallinero que desean construir en el hueco interno de mi codo.

A la hora en que el sol sube ya por encima de las copas de los árboles, se me llenan las tripas de una luz blanca que explota, pero las pupas que metamorfosean en los ángulos de los marcos de las ventanas siguen inmóviles en espera de convertirse en mariposas. “¡Es la hora del almuerzo!”: la canción resuena por todas mis esquinas como una sonrisa de satisfacción (tengo hambre). Entonces todos corren hacia la fruta y los frutos secos. Los niños y niñas aguardan su turno en una fila ordenada, y cuando llenan el plato con aquello que desean comer, se sientan alrededor de las mesas exteriores que se empapan de sol. Charlan tranquilamente mientras comen. Después cada cual lava y recoge su plato y corre a seguir con la actividad que desea.

A y J se han enfadado. Encaramadas a lo alto del arenero, la una se dedica a rellenar de arena el agujero que está tratando de cavar la otra. Un adulto acude a acompañar el conflicto: con mimo y cariño, construye para ellas un espejo de palabras en el que tal vez se vean reflejadas, gran parte de las veces ellas encuentran su propia solución con tiempo y espacio.

“¡Es la hora del cuento!”, una nueva canción recorre cada uno de mis órganos y me rescata de la abstracción: el espacio de los cuentos se convierte en un nido de ilusiones e imágenes soñadas, donde compartir historias que los adultos inventan o relatan para los niños y niñas.

A y A nunca van a escuchar el cuento porque se sienten mayores para eso. Hoy aprovechan para fotografiar el barómetro casero que han construido esta mañana dentro del proyecto de meteorología. Aún les sorprende pensar que el aire no está vacío y que pesa.

La mañana va pasando ligera y veloz. Se reúnen todos sobre las mesas blancas a escribir el registro del día y dibujar lo más significativo durante la jornada. A P le cuesta escribir la fecha, pero T le explica cómo se escribe el número cuatro.

A las 14:00 alguien anuncia que ha llegado la hora de ir a casa. Un grupo de niños protesta porque no quiere alejarse de mí todavía. Poco a poco, recogen todas sus cosas y se dirigen hacia la puerta, donde esperan las madres y los padres.

Me quedo en silencio. Los pájaros vuelven a bajar de los árboles y se pasean por todas mis esquinas.

Descanso, esperando, paciente, anhelante, otro día de crecer juntos.